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martes, 1 de septiembre de 2009

RENGLONES MELÓDICOS Y TORCIDOS



Por qué yaces así…
Cada vez que te escucho
Tus mansos sonidos me forjan suspirar,
Tu voz me hace cantar y tu savia me hace coexistir
Los flagelos de mi concurrir están ligados
A cada frase que emigra de tu boca
Las alegrías se sienten cuando los pájaros adulan tu nombre
Pero llega el lado oscuro y me revierte éxtasis
Y me hace desmoronar
Y me hace sucumbir
Pero vuelvo a resucitar,
Si, gracias a la alucinación, a la fantasía
A la anestesia, al letargo,
A la exportación de ajeno cosmos,
Voces de adhesión, de dolor, de segregación y de amargura social
Se penetran en mi mente
Y se impregnan en mi piel
Como un sudor de todas las maravillas que sufren
Para hacerme sentir feliz.

Si eso eres tú
Si, la voz susurra melódicamente un mensaje de guerra
De soledad y de un mal gobierno, de la sociedad,
De los locos y sus demencias,
Del amor y de las pasiones,
De los amigos,
Y de lo mucho que sufrimos por estos perplejos y majaderos.

Argumentos, tramas que por los cuales vivimos como existimos
Agonizamos por manos de otros
Y sufrimos y soportamos y resistimos,
Porque así es la vida.

Así es mi vida
Hoy fantaseo con la tonadilla pulcra
Que me toque al corazón
Dónde está, la que me diga que yo vivo,
Que vivo en mí
La vida es una melodía
La melodía es lo superior.

Clavicordios, bandurrias y sonidos armoniosos
Crean un séquito a tu beldad de voz, de voz de deidad
Cuando te escucho
Me dan ganas de ti
Siento hambre de tu piel
Y sed de beber cada una de tus frases
Que emigran de tu boca
La vida es una melodía
La melodía es lo superior.

Cuando llego de otro mundo.
Escucha la voz de un grupo de soplos celestiales
Me trajinan a otro mundo abriéndomela vida con un crepúsculo
Dirigiéndome a un trance de emociones
Tristezas, alegrías, ¡ganas de olvidar!
...Vida

Último Instante



Cuando penetró el hermoso brillo del acero sobre mi piel y la cuchilla empezó a tomar un pigmento rojo, mi piel se volvió débil y los labios ya no querían esperar los besos, querían vida y frescura, mis labios cada vez crecidamente blancos y la piel fría.

Ya no tenía fuerzas para sostener lo más débil que me había traspasado la carne y había llegado a lo profundo de mi corazón, mi vida se iba con el viento, veía como la rosa del florero se despedía llorando.

Desde lo lejos me empezaba a ver como un cuerpo entre el cielo y la tierra, que estaba algo enclenque, me manchaba con la sangre, cada gota que se desmoronaba en el suelo, pero también caía cada ansiedad de la que me iba a librar con la ultima decisión.

Suena el teléfono y ya ni me inmuto por correr a contestar, como lo hacia antes cuando del otro lado estaba buscándome. Mis ojos perdían estabilidad y cada vez bailaban la danza de la muerte, del resurgimiento de otra vida, del olvido de todas mis condenas.

Después caigo lentamente y me ensucio la cara de color rojo y mi pensamiento no da para más, sólo quiero caer y volar lo más rápido que el viento lo permita, llegar hasta donde el cuerpo no me dejó y hasta donde mi alma me llevará.

Empieza a tronar, a llover, cada gota de agua empieza a mojar mi cuerpo tan indefenso, tan muerto, tan viciado y, cabalgando mi alma de la mano de un ser insólito, veo como atravieso a otro lado y como el cuerpo queda ahí, tan insignificante, tan ensangrentado. El ser que me guía dice: no mires hacia atrás que tu vida no era la mejor, es hora de cambiarla, ya tú decidirás que rumbo coger. Decidí vivir atado a los recuerdos, germino en las manos de una mujer llamada vida, ahora el cuerpo está putrefacto y el mundo es un poco más grande que el cuerpo, las paredes no son de cemento y toman apariencia a tela muy bien cocida con algo de algodón muy cómodo, huelo a muerte, mi corazón tiembla y mis gritos son lentamente desvanecidos por la soledad. El viento ya no sopla, me falta el aire y decido nuevamente morir.

Pero antes de morir Statoos Emm Jot decide escribir por última vez, y hoy 4 años después me doy cuenta de su última versión, su último poema, el del último corazón que trató de amar fue lo que tuvo durante sus manos por los últimos años y quien fue el único que lo acompaño en su dolorosa muerte.

Ahora leo lo que escribió y quedo perplejo y veo la muerte llevarse la vida, llevarse su último amor.

Y estos fueron los últimos versos que Statoos Emm Jot le escribió al amor, les dejo su ultima poesía:

Hoy recuerdo cada hermosa estrella que brilla en el cielo,

Detengo el tiempo y vivo cada segundo

También afirmo que escucho cada ave cantar

y narrarme que tan pulcra es la vida

Cuando es de día escucho tu voz y los dóciles versos dulcifican mis oídos

Cuando es de noche, tu voz me susurra y entona una canción de cuna

Para dormir,

Sólo pensando en ti,

Sí, desde que te conocí, sólo pienso en ti,

Hasta anulando los días de sonrisa,

Siempre pienso en ti.

Mi corazón esta sano,

Ahora late más fuerte

¡Siéntelo¡

jueves, 1 de enero de 2009

NOCHE DE "CHOCHALES"


NOCHE DE "CHOCHALES"

Calígula por Tomaz Pandur





Las Barbacoas, no son los piratas malvados y de patas de palo de las historietas de televisión. Tampoco es lo que define la Real Academia Española de la Lengua como una “Parrilla usada para asar al aire libre carne o pescado”. Las Barbacoas, es una calle de Medellín que pasó de estar sumergida en la discordancia cromática ambigua del gris a ser tan colorida, tan arcoíris, tan “chochal”, tan gay.
Mi historia con la calle y sus aproximadamente 14 bares, no empezó hace 28 años cuando abrieron el primer local llamado “El machete”.  Comenzó una tarde de un sábado 23 de febrero. Muy exhortado, me dispuse a salir para disfrutar de una noche acusada de mucho voltaje. Sin saber que mi destino final iba a ser los famosos “chochales”.  Pues bien, un “chochal” en el parlache de la ciudad, es definido como  “un bar o una discoteca de mala categoría[1]”.
Yo era el número cinco de los amigos que buscábamos un taxi con recelo en el Éxito de Bello. Después de no más de tres intentos conseguimos quien nos llevara. Sin acotaciones nos “desacomodamos” en el carro y el conductor preguntó muy amablemente: Hacia dónde los llevo. Nadie quiso responder. Después de unos latosos segundos de silencio se escuchó una voz atenuada y medrosa: al centro, por favor.
Después de 20 minutos de viaje nos bajamos cerca de la calle 57 del centro de la ciudad. Y sin mucho que ostentar, de lejos se apreciaba un hueco infestado de personas y lugares vomitando música. Interrumpida por casas en su mayor elevación.
Como si fuésemos los más conocedores del lugar caminamos demostrando mucha rigidez en nuestros movimientos. Se veía en la calle grafittis pintados en las entradas de los bares. Murales que matizaban una realidad con 7 colores. Una noche brillante, azotada por luces de neón que caminaban sin rumbo fijo. Un centenar de miradas con deseos de soñar y fumarse la respiración de cada pene, o de cada vagina. Dependiendo de los gustos de cada uno, que en su mayoría no eran muy diferentes a su mismo sexo.
Bocas que comían y arrojaban gente, entradas pequeñas con tiquetes de mil, dos mil y tres mil pesos que hacían las veces de boletas al éxtasis. A la sumersión a una dimensión sabatina. A un rincón llamado por algunos religiosos “la reencarnación de Sodoma” o hasta “el infierno visitado por futuros condenados en las purificadoras llamas. Pequeñas puertas con nombres coloridos y habituales. “Azúcar”, “La Fonda de Luna”, “Noches Alteradas”, “El Machete”. Y así una lista de sustantivos, diferentes, donde cada sitio era una aventura.
Siendo las 10 y unos cuantos minutos más, decidimos entrar a “Azúcar”. En el ingreso un hombre con aspecto femenino, aunque sin perder su físico masculino, nos solicitó el “cover” de 2 mil pesos y se aseguró con unas mansas caricias por nuestro cuerpo que no entráramos ningún licor.
El lugar era un cubo, un cubo de azúcar de cuatro paredes. Una pista de baile. Una barra para servir. Y unas 20 mesas rodeadas de cervezas y copas, copas con gotas de sudor, de agua y de recuerdos.  Dos o tres ventiladores que volaban con un viento dudoso que era debilitado por el calor exagerado e incontables personas fundiéndose durante la noche.
Fue una odisea encontrar mesa y ubicarnos. Un litro de aguardiente sin azúcar por favor. Dos minutos, tres y llega a la mesa el reconocido licor antioqueño en su nueva presentación. Andrés, que estaba sentado a mi derecha hace un comentario suelto donde aprueba la nueva presentación y dice que es muy acorde al lugar, pues es una caja “alargada, gruesa y algo ovalada. Muy firme y lo mejor bota liquido por un huequito”.  Y así termina su apreciación comparando el empaque del licor, con un falo.
Más comentarios sueltos. Un brindis, otro más. Un ¡no muy rápido… ahora!
Retiro mi mirada de la mesa, acerco mis pensamientos a la pista de baile, y me encuentro con un paisaje sin sol. Un paisaje con luces, de todos los colores, de todos los matices. De las obligaban cerrar los ojos. De las que hacían ver a las personas en cámara lenta. La pista de baile parecía un 7 de diciembre con sus juegos pirotécnicos. Eran muchas luces. Luces que buscaban e impregnaban las partes más nobles y las manos felices y gloriosas por tener a alguien danzando y rompiendo la ley de la gravedad. Era un paisaje bañado de semidioses imperfectos.
Hombres que bailaban con hombres y mujeres que se acicalaban entre sí para manifestar pasión o simplemente una aventura nocturna. En un espacio reducido unas 12 parejas entre ellas unas 3 ó 4 eran diferentes y se veían muy heterosexuales. El resto dos mujeres abrazadas moviendo su cuerpo, dos hombres y así hasta terminar de contar.  Un reggaeton hacía que dos varones, no muy sensatos, movieran su cuerpo con el mayor descontrol posible y la escenografía de una película porno, pero con ropa.
Después sonó un vallenato de antaño y dos damas, una señora delgada y una joven que parecía su nieta, se besaban y se movían suavemente simulando quererse como si fueran una  las dos. Un par de hombres se gritaban a los ojos con avidez y se sulfuraban al querer concebir el orgasmo de la penetración o del sexo oral. Y así cada pareja salía de cuando en cuando y movían sus cuerpos sin normas, sin tapujos y sin miedo al qué dirán.
El calor ya hacía que el lugar me atragantará. Me inundara de sudor hasta mi sistema nervioso, hasta mi hígado y mis riñones. Salí a tomar un viento gratificante. La calle más llena de lo que estaba antes. Se veía gente pasar y venir, venir y pasar. Las 12 y media y de lejos se veían cuatro mujeres. Ellas eran las reinas de la calle y desfilaban sus cuerpos rojos y negros, sus trajes embozados en lentejuelas. Sus siliconas y sus culos postizos. Eran la atracción y todos los hombres las miraban. Unos para reír y otros para imaginarse la más retorcida andanza sexual. Las mujeres sonreían y caminaban muy regias. Sin embargo, su único problema estaba en la mitad de sus piernas.
De nuevo, entré al cubo de azúcar que poco a poco se derretía. A la boca de Sodoma. Al lugar donde para entrar había que desnudarse de prejuicios y dejarlos afuera. Una de la mañana, dos, dos y cuarto. Otro litro. Hagan vaca, dicen mis amigos, recogen el dinero suficiente y nos asientan otro alucinador en la mesa.
Siguen los merengues, los porros, las cumbias y una que otra mezcla de electrónica, un “chis pun” y un Antonio Banderas cantando “soy un hombre muy honrado que me gusta lo mejor,  las mujeres no me faltan, ni el dinero, ni el amor”. Y otra vez el “chispun” y un Dj  feliz. Con unos 48 años a bordo, mezclaba de nuevo la letra de “la balada del pistolero” con sonidos y mezclas mecánicas: “ay ay ay, ay ay ay amor, ay mi morena de mi corazón”.
El jadeo y el agotamiento se apoderaban de mí. Eran ya casi las 3 y media y ya era ineludible salir de Las Barbacoas a un lugar poco atronador. En la calle se veían caras desgastadas. Un par de taxis esperando a dos amantes o tres, con destino a cualquier cama de la ciudad con sabanas blancas, preservativos y jabones pequeños. La calle estaba bañada con novios enamorados y con amigos a gusto de otra semana más de rumba. Y el fin, el fin de un sábado que era mas bien un domingo oscuro con más habitantes de la calle que individuos con ganas de seguir bailando y bebiendo.





[1] MONTOYA, Jonathan. Parlache Gay. Consultado en línea en:
en: &l� � t : �h �og rsia.universia.net.co/html/reportajes/rep2009/parlache-gay/index.jsp>





Carta sin remitente.


Lástima.




Lástima que hoy el cielo esté gris
Y aspiro no perder de vista las estrellas para buscarte
Pero el cielo está gris y no,
Lástima que hoy no te veo allí.

Lástima que hoy pienso en ti
Cuelgo los ojos, imagino estrellas con olor a primavera
Para recordar tu rostro pero no, no te recuerdo.
Te quiero, te quiero, te pienso y no dejo de pensar que
Ya no te quiero, ya no te pienso, ya no te pienso, lástima.
Hoy te sueño y vivo bohemio en soledad
Desamparado con dos gardenias que fulguraban con tu albor.
Imagino tus besos, tus abrazos, tus manos, tus ojos.
Ojos que recuerdan el lucero más sublime que en el cielo dibujé.
Lástima porque te quiero y no sé que piensas de mí.
Me quieres, me odias, no me quieres, no me odias,
No te quiero, te odio, no te quiero.
Lástima que todo haya pasado en ti.

Que el susurro de tu voz en mi oído, que un sueño se vaya al olvido
Al olvido, cuál olvido maldita sea. Si yo no he podido olvidar.
Lástima que te quiero y tus manos danzantes me enamoren con tus ácidas caricias
Y tus labios rojos manzana, escupan las más pulcras palabras, las que de ningún modo están.
Lástima que hoy te pienso y no sé qué hacer de mí.
Y como dice aquel poeta vagabundo:
Que te robes todo, mis deseos, mis sueños y mis ganas de vivir
Pero de mí nunca te irás.

Gracias por el tiempo,
Cuál tiempo, lástima que ni supimos contar.
Lástima porque la soledad apuñaló el cuerpo una vez más.

Lástima que ya no estés
Tenía tanto para dar.
Tanto, qué lástima,
Lástima que ya se va.